viernes, 11 de julio de 2014

Yo te elijo





Habrá días en que, eventualmente, deberemos afrontar una de esas tristezas épicas que nos pone la razón y el corazón de patas arriba. Hace poco y por razones que no vienen al caso arribé a una conclusión: que no te elijan es uno de los peores ultrajes para quienes somos (o estamos) más o menos sanos (?) emocionalmente.

Desde chicos: que te abandonen;  que nadie te elija en su equipo;  que no existas para ese/a que te gustó por primera vez; que tu mejor amigo/a te deje de lado por otro al que considera mejor; que nunca seas el preferido de ninguna maestra.  Pero cuando crecés un poco más estas cosas también pasan. Quizás cada vez con menor volubilidad ya que los adultos empezamos a echar raíces en otras personas: vínculos, le llamamos. Pero, incluso con esos enlaces, en ocasiones a algún infame se le da por no elegirnos, por soltar amarras para atracar en otros puertos.

Y qué incertidumbre tan dolorosa nos invade cuando nos pasa ya de adultos. Te retrotrae al patio del colegio cuando no te elegían en su equipo porque pateabas mal, porque corrías lento, porque eras feo, porque tus zapatillas no estaban a la moda, porque eras pobre, porque eras tímida. Es tan angustiante no ser sujeto de la elección ajena porque te pone de frente a tu propia vulnerabilidad.  Explicarle al ego que el otro es libre de no elegirte está en mi top de tareas arduas, trabajosas y casi nunca exitosas. La mayoría recurrimos al argumento fútil del: «vos te lo perdés». Pero yo también me lo pierdo. Mi afecto, mi cariño, mi atención, mi interés se lo pierde.

Cabe en este punto una aclaración de suma importancia: las generales de la ley del «no te elijo» aplican para todo tipo de vínculos y relaciones, no sólo las amorosas.

Para muchos resulta absolutamente devastador que alguien a quien aman y sobre quien depositan sus expectativas no los elija recíprocamente. A mí, que a esta altura tengo ciertas cosas resueltas y mis intereses romántico- dramáticos son más bien tibios y de color pastel, me ocupan más esos que un día deciden no elegirte como amigo. Y es que la amistad es un lazo tan noble, espontáneo, idóneo y desinteresado que no puedo creer que alguien elija no formar parte. Mea máxima culpa.

En honor a la verdad también he elegido no elegir a algunos como amigas o amigos por razones que son trascendentes y válidas sólo para mí.

Lamentablemente no existe nada que te ayude a templar esa desazón de ser uno más que pasa «sin pena ni gloria» por la vida de otros que sí son significativos en tu afecto e interés. Nunca sabrán de todo ese mundo de complicidad, risas, compañía y cosas buenas a las renunciaron voluntariamente.

Ellos se lo pierden. Pero ojo, que nosotros también.



miércoles, 26 de marzo de 2014

There is no spoon.





Cada mañana sobre la mesa hay dos tazas con el café caliente para el desayuno; dos cucharas, el azúcar y las tostadas recién hechas, el queso crema y la mermelada. Y dos cucharas de bambú para untar. Las miro y sé que son los utensilios de la discordia.
Cuando los puse sobre la mesa les imprimí un destino: uno para untar el queso, el otro para untar el dulce.
Pero claro, no contaba con él. Y él se sienta a la mesa y ve las dos cucharas de bambú y piensa que una es suya y que la otra es mía. Entonces veo cómo mete la que considera su cuchara en el queso, unta la tostada y luego la vuelve a utilizar para servirse el dulce.
Cada mañana que desayunamos juntos asisto en silencio y, digámoslo, con algo de rabia a esta ceremonia rutinaria del malentendido. Observo de reojo todo el proceso.

Pero hoy, no sé por qué, no me aguanté más y se lo dije:
―¿Nunca se te ocurrió pensar que una cuchara es para el queso y la otra para el dulce? No es una para vos y otra para mí.
Me miró, sonrió, me besó en la punta de la nariz y dijo:
―No se me había ocurrido. Neurótica.

Ahora usa bien las cucharas.
Y yo tengo que buscarme otra excusa tonta para una nueva escaramuza de rencor silencioso. Hasta que no aguante más y se lo diga. Y así, cíclicamente.

domingo, 12 de enero de 2014

Solitude



Cada mañana el amor de su vida se levanta, se pone la bata y las pantuflas y va hacia la cocina a preparar el desayuno para la mujer con quien duerme cada noche pero que ya no ama.

Hoy ella despertó -como tantas otras veces- en la cama de alguien que no le importa y a quien apenas conoce sólo porque no puede dormir y despertarse junto a él.

Y cada noche, muchas ellas y ellos anónimos se acuestan solitarios en sus camas porque no tienen elección y añoran ese abrazo y esos besos de antes de dormir.

Es que la soledad, en sus diversas fomas, es el único bien equitativamente distribuído entre todos los seres humanos.