domingo, 28 de marzo de 2010

Dejar morir.



A veces desenterrar cosas que el tiempo había tapado de una gruesa capa de polvo no es bueno.
Con el paso del tiempo la capa de polvo afectó lo que había debajo.
Las cosas se deslucen, no tienen el mismo brillo de antes. Se vuelven sosas y desabridas.
En este afán totalmente humano y terrenal de revivir muertos terminamos matando más esto que ya estaba muerto y enterrado.
Se perdió la chispa, la mató el tiempo, el polvo y el olvido.
Solo queda un vago sentimiento de proximidad y empatía que no alcanza para volver a encender el fuego.
Queda el recuerdo de lo que fue. Y no alcanza.
Ni siquiera me provoca tristeza. Sólo un dejo de sorpresa casi indiferente.
Hay cosas que estaban mejor piadosamente muertas.