miércoles, 26 de marzo de 2014

There is no spoon.





Cada mañana sobre la mesa hay dos tazas con el café caliente para el desayuno; dos cucharas, el azúcar y las tostadas recién hechas, el queso crema y la mermelada. Y dos cucharas de bambú para untar. Las miro y sé que son los utensilios de la discordia.
Cuando los puse sobre la mesa les imprimí un destino: uno para untar el queso, el otro para untar el dulce.
Pero claro, no contaba con él. Y él se sienta a la mesa y ve las dos cucharas de bambú y piensa que una es suya y que la otra es mía. Entonces veo cómo mete la que considera su cuchara en el queso, unta la tostada y luego la vuelve a utilizar para servirse el dulce.
Cada mañana que desayunamos juntos asisto en silencio y, digámoslo, con algo de rabia a esta ceremonia rutinaria del malentendido. Observo de reojo todo el proceso.

Pero hoy, no sé por qué, no me aguanté más y se lo dije:
―¿Nunca se te ocurrió pensar que una cuchara es para el queso y la otra para el dulce? No es una para vos y otra para mí.
Me miró, sonrió, me besó en la punta de la nariz y dijo:
―No se me había ocurrido. Neurótica.

Ahora usa bien las cucharas.
Y yo tengo que buscarme otra excusa tonta para una nueva escaramuza de rencor silencioso. Hasta que no aguante más y se lo diga. Y así, cíclicamente.