lunes, 29 de abril de 2013

Fragilidad






La incertidumbre, pesada y ominosa, vino a posarse sobre cada una de las cosas que construyó, aplastándolas de a poco. 
La oscuridad invadió todos los cuartos y rincones. 
El silencio inquilino tomó posesión tirana.
Apenas un rayo de luz se filtraba, de vez en vez, como danzando por las estancias vacías. 
Era una opacidad muerta y desganada. 
Ya no bailaban las motas de polvo en el aire: permanecían  estáticas, suspendidas.
De a poco y con ignominioso abanono fue devorada cada extremidad que solía vibrarle de vida.
Sentado en el centro de su espacioso vacío, permaneció inmóvil y abatido. 
Una quietud negra e ineludible lo invadió en el momento en que supo que estaba irremediablemente solo.
Sostenía en su mano yerta el lápiz que usó para trazar planes y dibujar sueños propios y ajenos.
Esparcidos en el suelo con descuido y cubiertos de polvo quedaron todos los bocetos, los planos de sus ilusiones y los mapas de los caminos muertos.
De modo impertérrito, cruel y silencioso mueren algunas de las cosas más importantes. 

Y ésta es sólo una excusa para contarte que todos somos testigos involuntarios de la muerte de la fragilidad.