domingo, 30 de septiembre de 2012

Mujer árbol



Lo buscaba incansable por todas las latitudes. Recorrió bosques, mares, estepas y montañas.
Cansada y cubierta del polvo acumulado en capas sobre su cuerpo finalmente llegó a la orilla del desierto.
El sol hacía brillar la arena infinita ante sus ojos. Suspiró y se echó a andar a paso cansino.
A medida que avanzaba comenzó a sentir sus pisadas más lentas y un peso abrumador sobre sus hombros y brazos. La sed le atenazaba las entrañas y el sol abrasaba su cuerpo.
Cuando ya no pudo dar un solo paso más se detuvo. Miró hacia el fuego resplandeciente y cegador del sol y extendió sus brazos al cielo.
Fue en ese momento en que descubrió las ramas secas que se desprendían desde sus brazos, sus hombros y espalda. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas polvorientas dejando surcos barrosos sobre su piel cuarteada.
Supo en ese momento que el viaje había llegado a su fin y decidió que era momento de darse por vencida.
Allí se quedó, estática, con sus ramas secas extendidas hacia lo alto.

Quiso la ironía del destino o la inconmensurable justicia del caos que un día él pasara por allí —buscándola también —. Se sentó a descansar y recobrar fuerzas al pie del árbol y se sintió extrañamente reconfortado.
Ella quiso abrazarlo, quiso llorar, quiso gritarle que ahí estaba, que dejara de buscar pero no pudo. Apenas pudo expresar un leve crujido con sus ramas.
Luego de un rato el viajero se levantó, miró de frente al árbol como agradeciendo su sombra en medio ese mar dorado y emprendió nuevamente su camino.
La mujer árbol no pudo hacer otra cosa que mirarlo marchar hasta que su silueta se perdió en el horizonte.